Leyendas de Arabia (2ª edición)


«Una reinvención de Las mil y una noches», La Opinión.

En el oriente, lejano y fantástico, los dioses ponen a prueba a los hombres mientras un futuro monarca busca el lugar más hermoso del mundo; un genio es liberado de su prisión tras conceder tres deseos; un príncipe y una princesa renuncian a su trono para permanecer unidos; unos mercaderes se adentran en una cueva del desierto repleta de riquezas y peligros; una profecía asegura que, un día, todo ser humano se identificará con un símbolo; entretanto, la traición y el honor se enfrentan en campos de batalla.

Título: Leyendas de Arabia
Autor: Miguel Ángel Villar Pinto
2ª edición: Independently Published, 2021
1ª edición: Descatalogada
Traducciones: Inglés (Legends of Arabia)
Edad recomendada: +5 años
Género: Cuentos
Comparado por sus cuentos con maestros del género como Andersen o los hermanos Grimm, Leyendas de Arabia es una colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto. Incluye ocho cuentos maravillosos: «El más digno sucesor», «Abdellah y el genio de la botella», «El mensaje de las olas», «El sello de Menandro», «Ériador», «La cueva en el desierto», «La muerte de los dioses» y «La última batalla».

¡Bestseller internacional!


LEYENDAS DE ARABIA

Segunda edición: Independently published, 2021
Primera edición: Editorial Corona Borealis, 2006 (descatalogada)
Género: Cuentos ilustrados
Edad recomendada: +5 años
Autor: Miguel Ángel Villar Pinto
Ilustrador: Álvaro Busto Castelli
Páginas: 96
ISBN: 9788495645746
Disponible en: Biblioteca Islámica (AECID)



¿Qué se va a encontrar el lector en Leyendas de Arabia?
Genios benéficos y perniciosos, mercaderes dominados por la codicia, hombres movidos por profecías, guerreros, sultanes, dioses, magos, oráculos... son algunos de los elementos que se encuentran en esta obra ambientada en un oriente lejano y fantástico.

¿Qué se ha dicho de la obra?
La editorial: «Con maestría insuperable el autor de Leyendas de Arabia nos adentra en fábulas y leyendas misteriosas».

La Opinión: «Una reinvención de Las mil y una noches».

Leyendas de Arabia en LocaliaTV (2007)

Abdellah y el genio de la botella



Abdellah era un joven muy pobre y desdichado. Sus padres habían muerto poco después de su nacimiento, y su tío, que no tenía esposa ni hijos, se hizo cargo de él. No obstante, su tío se encontraba muy lejos de ser un buen padre. Era éste un hombre de mente obtusa y de mal carácter que, al cumplir Abdellah los diez años, había obligado al niño a trabajar en las tierras que poseía, y en ellas sudaba Abdellah desde la mañana a la noche, y a veces, de sol a sol.
Por ello, Abdellah no sabía apenas nada del mundo, ni por supuesto, leer o escribir. Pero a él eso no le importaba, ya que tenía asumido que estaría trabajando en los huertos de su tío toda la vida. Lo que realmente echaba en falta era no tener ningún amigo con el que poder jugar, o tan siquiera, poder hablar.
Y así pasaba los días, las semanas, los meses y los años el pobre y solitario Abdellah, entre la dura tierra, sus castigadas manos, y los pesados utensilios de labranza.
Pero esta situación, por un fresco soplo del destino, o tal vez del azar (ya que es siempre muy difícil determinar la responsabilidad de uno o del otro), esta situación, decíamos, cambió un día, tras haber cumplido Abdellah los diecisiete años.
Mientras cavaba una profunda zanja, donde se iban a echar los cimientos para una casa que quería construir su tío, la azada chocó contra un objeto, originando un sonido semejante a un tintineo, como el que produce el cristal. Abdellah apartó la tierra y encontró una botella de color ámbar, intacta, sin un solo rasguño aun a pesar del fuerte golpe que le había propinado.
—¡Qué raro! —exclamó Abdellah—. Ha recibido un trastazo que hubiera partido una piedra y aquí está, como si nada.
Se quedó mirando fijamente para ella. No sólo era extraño que no se hubiera roto, sino que también Abdellah se vio sorprendido por su contenido. Era de lo más peculiar. Por lo que él sabía, las botellas de este tipo siempre contenían líquido, a menos que ya se lo hubiera bebido su tío (cuya media era de tres o cuatro al día), y por tanto, quedaban vacías. Pero en este caso era distinto. Parecía que dentro había un gas de tonalidad dorada. Intentó sacar el tapón de metal que la cerraba. Empleó en ello todo su empeño, pero no pudo mover el tapón ni un ápice.
Golpeó entonces el tapón contra una roca. Tampoco dio resultado. Abdellah estaba admirado por la resistencia que ofrecía.
Miró dentro de la botella y le pareció que el gas se movía. Decidió quitar la poca tierra que todavía ensuciaba el exterior para ver mejor, con lo que frotó la botella y, de repente, como un estruendo, el gas salió empujado por un fuerte viento, ocupando cada vez más espacio en el cielo. Abdellah se asustó. Si en ese momento aparecía su tío…
Atareado en intentar dispersar el gas que se cernía por todas partes, no pudo percatarse de que una forma iba constituyéndose entre la nube dorada.
Cuando se giró vio ante él un hombre en apariencia, pero cuatro veces más alto de lo normal. Abdellah se asustó.
—No temas —le indicó aquél con una voz semejante a una tormenta desatada—, soy un genio, y estoy aquí para servirte, pues tú eres el dueño de la botella. Pídeme tres deseos y te los concederé.
Maravillado ante el prodigio, y todavía más ante la actitud servil de tan intimidatorio ser, Abdellah no pudo articular palabra alguna. Así pues, el genio, tras esperar un buen rato, volvió a hablar.
—Si no es de tu interés formularlos ahora, volveré al interior de la botella.
—¡Espera! —le detuvo Abdellah, temiendo no saber cómo hacer para volver a llamarlo si es que lograba reunir el valor suficiente—. ¿Cómo has aparecido?
—Has frotado la botella, ¿no es así?
—Sí.
—Siempre que lo hagas saldré de ella. Me tendrás a tu servicio mientras quede algún deseo por cumplir y la botella te pertenezca. ¿Quieres pedir alguno ahora?
—No, no vaya a ser que venga mi tío y nos vea —le confesó Abdellah doblemente temeroso—. Está a punto de llegar, así que mejor en otro momento.
—Bien. —Tras dar su conformidad, el genio y el gas dorado que le envolvía volvieron a introducirse en el recipiente, el cual quedó de nuevo sellado por el tapón.
Abdellah se dio toda la prisa que pudo en ocultar el curioso objeto en el diminuto cuartucho donde dormía, debajo de una tabla suelta en una de las esquinas del suelo. Allí lo introdujo, junto con algunos trozos de pan y queso que había robado, cuando oyó los pasos de su tío. Debía apurarse si no quería que le descubriese.
—¿Dónde estás, granuja? —gritó éste. Viendo que Abdellah no acudía a su llamada, se enfadó—. ¡Tantos años cuidando de ti y aún sigues siendo tan desobediente! ¡Cuando te encuentre te vas a enterar de quién es tu tío!
Abdellah sabía que nada bueno iba a suceder, pero mucho peor sería si su tío llegaba a saber que ocultaba comida. Entonces comprendería que no eran los ratones los que entraban en la despensa a hurtadillas, y esto le enfurecería más todavía. Consiguió ocultar el hueco y tumbarse sobre la fina capa de paja que hacía las veces de cama, cuando su tío abrió la puerta con brusquedad. Abdellah, a pesar de estar habituado al comportamiento violento de su tío, se giró con miedo. Hay cosas a las que nadie puede acostumbrarse, nunca. Sin tiempo para levantarse, recibió una patada en el costado que le dejó sin respiración.
—¿No tienes oídos? —le gritó su tío. Abdellah se iba a excusar, pero no pudo hacerlo, ya que recibió otro golpe. Gimió—. ¡Igual que una niña! ¡Siempre llorando!
—¿Qué he hecho? —preguntó Abdellah entre sollozos.
—Sólo es un aviso —indicó su tío en actitud socarrona—. Voy a estar dos días fuera, y para cuando venga, si no tienes toda la cosecha recogida, ¡prepárate!
—Pero, ¡no puede hacerse en menos de una semana!
—¿Cómo dices? —preguntó su tío al tiempo que clavaba en Abdellah una mirada amenazante.
—Nada, nada —le respondió el muchacho con sumisión.
—Ya me parecía. —Dicho esto, dio la vuelta, cerró la puerta del mismo modo que la había abierto, y se alejó.
Abdellah no se atrevió a incorporarse hasta estar seguro de que su tío se encontraba lejos. Sentía pánico con tan sólo pensar que podría volver a toparse con él antes de su marcha. Así pues, encogido sobre sí mismo, pensó en usar uno de los deseos para hacer que la cosecha estuviera recogida antes del regreso de su tío, librándose de este modo de una paliza. Pero, según iba pasando el tiempo, cada vez le fue pareciendo menos acertada esta idea. Había una solución mucho mejor que ésta para sus problemas.
Reuniendo todo el valor que tenía, salió fuera y frotó la botella. Al instante apareció de nuevo el genio.
—¿Sabes ya cuál va a ser tu primer deseo? —preguntó éste.
—Sí —respondió Abdellah con un brillo de felicidad en sus ojos—. Quiero tener lo suficiente para vivir bien, lejos de mi tío y de la pobreza. No quiero ser rico, pero tampoco pasar penurias.
El genio se sorprendió ante tal petición, pues los amos precedentes a Abdellah habían deseado ser muy ricos, o los más ricos del mundo. Este hombrecillo, sin embargo, pedía algo demasiado sencillo, así que el genio, intrigado, le preguntó por qué no solicitaba una gran fortuna, a lo que Abdellah respondió:
—Porque no la necesito para ser feliz. O en todo caso, me gustaría conseguirla por mí mismo. Sólo quiero que la vida me dé una oportunidad.
Así pues, el genio, admirado ante la actitud de Abdellah, le concedió el primer deseo. Convirtió a su amo en un mercader con riqueza suficiente para prosperar, pero sin llegar a ser ésta ostentosa.
Sin embargo, pronto descubrió Abdellah que con esto no estaba asegurada su pervivencia de ningún modo. No conocía los números, y aunque acabó memorizándolos, todavía seguía sin saber qué hacer con ellos. No era capaz de realizar operaciones tan sencillas como sumar o restar, ni mucho menos, claro está, dividir o multiplicar. Por esta causa, Abdellah nunca podía determinar si las operaciones comerciales que realizaba le daban beneficios o pérdidas.
Para mayor complicación, su comprensión del mundo era tan limitada que no tenía la más remota idea de cuáles eran los productos interesantes para comprar o para vender, o cuándo y dónde hacerlo. Pero Abdellah, una vez constató que su fortuna no aumentaba, sino que iba disminuyendo, se paró a reflexionar... (¿Quieres saber cómo termina el cuento «Abdellah y el genio de la botella»? Continúa en la colección de cuentos Leyendas de Arabia).

El más digno sucesor


Tiempo atrás, en el lejano oriente, existió una vez un reino gobernado por un monarca muy sabio. Este monarca tenía tres hijos: Nusayr era el nombre del primogénito, Idhari el del segundo nacido y Saled el del más pequeño. Los tres vivían en los alrededores del palacio natal y todos los días visitaban juntos a su padre, quien les recibía siempre con la mayor de las alegrías, pues el monarca, además de disfrutar de la sabiduría, gozaba de un carácter alegre y vivaz que se acrecentaba ante la presencia de sus hijos. Sin embargo, cierto día en el que los tres fueron recibidos por él, el semblante del monarca transmitía un sentimiento bien distinto. Los príncipes, que se percataron de ello, le preguntaron preocupados:
—¿Acaso hemos hecho algo que os haya molestado, padre?
—No, hijos míos —les respondió el monarca—, siempre he estado muy orgulloso de vosotros y de vuestra conducta. No tengo nada que reprocharos.
—Entonces, ¿qué os inquieta, padre?
—Mi edad, hijos míos, mi edad es lo que me inquieta. Pronto moriré y uno de vosotros ha de sucederme en el trono.
Los príncipes se apenaron muchísimo al escuchar tales palabras y una profunda tristeza sobresalió en la sala real.
—No habéis de entristeceros —les animó el monarca—. Yo siempre estaré con vosotros, de igual modo que mi padre lo está conmigo, y de la misma manera que su padre también estuvo con él hasta su muerte. Es ya el tiempo de que otro antepasado se una a los primeros ancestros, vivos en vuestra sangre. Pero antes de que esto suceda, desearía ver en el trono al que posee mayor virtud para gobernar.
Los tres príncipes, aunque hondamente dolidos, asintieron como muestra de que aceptaban las palabras de su padre en todo su conjunto; los tres eran conscientes de que así debía ser. Uno de ellos debería sucederle en el trono, y debería ser aquel que fuera más digno de su recuerdo.
Nusayr, que era un excepcional guerrero, pensó que tal honor debía corresponderle, ya que ninguno de los tres podría proteger el reino mejor que él. De la misma forma pensó Idhari, ya que en virtud de sus afamadas cualidades de filósofo, consideró que ninguno de los tres podría conseguir un próspero e inmejorable progreso para el reino más que él. Por último, y al contrario que sus dos hermanos, Saled creyó que no debería ser él quien debía gobernar, pues pensó que su juventud no le permitía tener la suficiente experiencia como para ser proclamado el nuevo gobernador del reino.
El monarca, que conocía muy bien a sus hijos, ya había adivinado tiempo atrás lo que en este día pensarían, y ya entonces había visto la verdad en cada uno de los tres pensamientos de los príncipes. Pero, como no había podido decidirse entre sus hijos Nusayr e Idhari, había resuelto que les plantearía una prueba para solucionar el dilema. Así les habló el monarca:
—Hijos míos, durante varios meses he estado dudando entre ti, Nusayr, y entre Idhari, pues Saled es demasiado joven para gobernar...
Los tres príncipes manifestaron su acuerdo con las palabras de su padre con un gesto sincero, y el monarca continuó de este modo:
—Pero como no podía decidirme, he resuelto que partáis en la búsqueda de la parte más maravillosa del mundo y que me traigáis un retrato de ella para que todos admiremos su belleza, y también para que yo así, a través de él, pueda juzgar. Sin embargo, no creo justo excluir a vuestro hermano menor a pesar de su mocedad, ya que ésta es una prueba que determinará el talento que poseéis para gobernar y, por ello, pienso que tanto derecho tiene a participar como vosotros.
—Así lo creemos nosotros también —le dijeron Nusayr e Idhali a su padre con voz veraz.
Dicho esto, el monarca y los tres príncipes se abrazaron y se despidieron. Ese mismo día partieron hacia tierras lejanas conociendo una condición añadida a la prueba: deberían regresar con el retrato antes de que un año pasara...(¿Quieres saber cómo termina el cuento «El más digno sucesor»? Continúa en la colección de cuentos Leyendas de Arabia).

El mensaje de las olas



Al caer la tarde, Ibrahim, consejero real y antaño preceptor del príncipe y heredero Salad, halló a éste en los jardines de palacio. Como amaba al joven príncipe tanto como a un hijo, sintió un vuelco en el corazón cuando le vio tan abatido.
—¿Qué os sucede, príncipe? —le preguntó Ibrahim preocupado.
—¡Ay de mí, mi querido amigo! —exclamó el príncipe Salad—. Me he enamorado de quien no debía y por ello mi corazón se ahoga, tal y como muere el sol por la luna, en un mar de lágrimas.
—Mi querido príncipe —le dijo Ibrahim—, tranquilizaos y veremos lo que se puede hacer. Todo problema tiene su solución.
—Nada, nada se puede hacer —le contestó desalentado el príncipe—. Como bien sabrás, la princesa Yazcala ha venido a visitar a mi padre con el fin de pedir ayuda para su reino, desolado por el hambre y la guerra y, en cuanto la he visto, me he quedado prendado de ella. Y esto es una desgracia. Mi padre jamás permitirá un enlace con un pueblo tan pobre. ¿Qué debo hacer, mi buen amigo, qué debo hacer?
Ibrahim dirigió una mirada confusa hacia el príncipe.
—Sólo puedo confiarte esto a ti —le confesó con impaciencia Salad—. ¿No vas a aconsejarme como otras tantas veces?
—No es tan fácil —le respondió Ibrahim—. Vos sois el heredero del reino, y tenéis un deber que cumplir. Vuestro enlace es un asunto de Estado. Sin embargo… —Ibrahim no se atrevió a continuar. De hecho, pensó que ya había hablado demasiado.
—Sin embargo, ¿qué?, Ibrahim —suplicó el príncipe Salad.
—Amado príncipe, no sé si lo que os voy a contar os conviene, pero lo cierto es que hace tiempo, alguien que yo conocí se vio en una situación similar. Del mismo modo que vos pensó y, por ello, tomó la decisión que creyó más correcta, no para sí, sino conforme a sus deberes y responsabilidades. El último momento que pasó junto a ella fue en el que la tomó de las manos, la miró con dulzura, y en el que la despidió. Mientras se alejaba para no volver a verla más, pensó que ningún tiempo sería suficiente para olvidarla. Así fue, y aún hoy no sabe lo que es la felicidad. —Ibrahim, tras decir esto, guardó silencio.
—Muy triste es la historia que me cuentas, amigo mío —le confesó el príncipe.
—La vida es semejante a las olas —dijo Ibrahim—, y nosotros intentamos nadar entre ellas. Hay que ser muy afortunado para que, entre tanto movimiento, se pueda alcanzar la calma. Ése es el mayor tesoro de la vida.
Ibrahim, tras decir esto, se despidió del príncipe, quien, desde una terraza, quedó contemplando las estrellas...(¿Quieres saber cómo termina el cuento «El mensaje de las olas»? Continúa en la colección de cuentos Leyendas de Arabia).

El sello de Menandro


En una época remota, cerca del lugar donde nació el Sol, existió una ciudad a la que acudían los hombres para alcanzar la perfección de sus obras. Fue allí, en Sakala, donde floreció a la vida, bajo el cálido soplo de la primavera, un niño de nombre Menandro.
En algún momento anterior a su nacimiento, los oráculos de la ciudad habían vaticinado que el destino de este niño sería hallar el sello con el que todo hombre se identificaría en el futuro, con el que todo ser humano se sentiría representado. Este sello sería distintivo para cada persona y Menandro sería quien le daría forma por primera vez.
Por aquella entonces, muchos pensaron que este niño tallaría la más bella de las esculturas, otros tantos que pintaría el más excelso de los frescos o que compondría la más maravillosa de las melodías, o incluso, tal vez, que desarrollaría la más sublime de las reflexiones, pero lo cierto es que las pitonisas auguraban que el sello sería una obra de carácter más global, más universal.
No sólo sería un sello propio de guerreros, de filósofos o artistas, de sacerdotes o reyes, sino que también sería el signo de los obreros, de los artesanos o de los mercaderes, de los campesinos o de los mineros; en él tendría cabida el hombre más humilde de corazón y de bienes, así como el más arrogante y el más rico, también el más injusto y el más equitativo, al igual que el más ignorante y el más sabio...
Así los años fueron pasando y Menandro se convirtió en un joven vigoroso, instruido, juicioso y feliz. No obstante, una labor que ya se le había encomendado incluso antes de nacer, iría entristeciendo su dichosa vida. Todos los que se encontraban a su alrededor, y que antes le habían animado y admirado hasta la conclusión de su formación, ahora le insistían constantemente para que hallara el sello profetizado.
Menandro se dejó guiar por las opiniones de las gentes para crearlo, y haciéndoles caso, primero se dedicó con pasión a la escultura, pero aun a pesar de ser enseñado por los mejores maestros, fracasó.
—¡Desde luego el sello no ha de ser una escultura! —acordaron éstos, muy decepcionados.
Su siguiente paso, continuando los consejos de sus mayores, le condujo a la pintura, y a ella se volcó aún con mayor entusiasmo, pero aunque fue instruido por los principales pinceles del reino, también naufragó.
—¡Es evidente que el sello no ha de ser un fresco! —anunciaron éstos muy desilusionados.
De este modo fue creciendo la impaciencia en el ánimo de las gentes de la ciudad, puesto que Menandro no era capaz de crear el ansiado sello presagiado. Sin embargo, la esperanza seguía existiendo, ya que todos se decían unos a otros:
—¡Todavía queda la música y la escritura!
Y así era. Menandro aún no había caminado por todas las sendas del arte cuando fue confiado a los más grandes compositores de poniente. En cuerpo y alma se volcó en el aprendizaje, pero de nuevo sus cualidades para esta disciplina no se hallaban fuera de lo común. Otra vez fracasaba.
—¡Las melodías de Menandro no son propias de un maestro! —dijeron los compositores notablemente entristecidos.
A partir de entonces, el sentimiento de decepción en aquellos que rodeaban a Menandro comenzó a crecer hasta tal punto, que muchos comenzaron a considerar un error la predicción de los oráculos. Menandro, por su parte, lo único que tenía claro es que había luchado día tras día, hora tras hora, por ese objetivo especial que todos creían que realizaría. Pero eso no le reconfortaba.
Apenado por su fracaso, que corría de boca en boca por las desencantadas calles de la ciudad, se deprimió y, faltándole las fuerzas, se refugió en la soledad de su palacio. Allí, rodeado por el silencio, recordó que todavía latía un rayo de luz en la esperanza. Todavía faltaba probar con la escritura. Pensando en ello, Menandro volvió a sentirse fuerte y a creer en sí mismo. Pero, lo que suponía su última oportunidad para crear el sello, únicamente le empujaría a la más extrema y vehemente de las desesperaciones...(¿Quieres saber cómo termina el cuento «El sello de Menandro»? Continúa en la colección de cuentos Leyendas de Arabia).

Ériador



No érase una vez la historia de un príncipe que quería ser rey, sino la de un príncipe que algún día renunciaría a su trono. Tampoco es ésta la historia de un héroe que se enfrenta a innumerables peligros para salvar a la mujer que ama, sino la de quien es abandonado por su verdadero amor. Ésta es la historia de un hombre perdido en su propio mundo que, llamado por las voces de sus demontres, se hace fuerte con el fin de sembrar un temor imperecedero.
Muchos dirán que nunca jamás ha existido alguien así, y quizás tengan razón, porque de Ériador lo único que se recuerda es lo que nunca se ha escrito. Nadie sabe con exactitud por qué abandonó su hogar, ni por qué vagó solitario, ni tampoco por qué se mostraba tan despiadado cuando antes había sido alguien tan bondadoso, pero lo cierto es que, con el tiempo, su leyenda creció hasta ser conocida en los mismísimos infiernos.
De un modo especial jamás vuelto a sentir, fue el hombre más odiado por sí mismo, pero siendo consciente de lo que tenía que hacer si quería subsistir en aquellas lejanas tierras, aprendió a amar a ese demonio que había nacido en él.
Muy lejos quedaba ya su hogar, que para él había dejado de existir, cuando se le podía ver siempre solo al frente de un temible ejército, de subordinados que, como él, únicamente entendían el lenguaje de la fuerza y la sangre. Pero, incluso para alguien así, existe el pasado.
Todo comenzó en la capital de un imperio de oriente que, hasta hacía muy poco, había saboreado la prosperidad. Este imperio era conocido por el nombre de Valtala, y en la corte real, todos apelaban a la misericordia divina, pues el emperador yacía malsano sobre un lecho del que ya ningún doctor podía librarle. Mientras tanto, el imperio se precipitaba a la decadencia. De norte a sur, y de este a oeste, la adversidad corría como la muerte. Las cosechas estaban arruinadas. El comercio, deteriorado. El bandolerismo, multiplicado. Las arcas de palacio, vacías. Y una guerra no hacía más que esperar su estado de gracia. Una serie de tribus bárbaras amenazaban con invadir las tierras del este.
Al mediodía redoblaron las campanas. El emperador había muerto. Fue entonces cuando Ériador, su único hijo, fue proclamado sucesor…(¿Quieres saber cómo termina el cuento «Ériador»? Continúa en la colección de cuentos Leyendas de Arabia).

La cueva en el desierto


Hubo, hace mucho tiempo, tres familias de mercaderes muy poderosas que se disputaban la primacía por el control de las rutas comerciales de la época. Sin embargo, a la muerte de los patriarcas, el rango que éstos habían ostentado se debilitaba estrepitosamente. Otras familias ajenas iban creciendo tan rápido como las tres tradicionales iban cayendo al huirles las riquezas de sus manos.
Ante la preocupación que esto causaba en las tres familias, convinieron reunirse a fin de hallar la causa y, una vez establecida ésta, encontrar una solución. Para ello, acordaron reunirse en cierta ciudad situada en el centro de las distancias que les separaban.
Tal y como se había planeado, coincidieron los hijos de los tres patriarcas en la ciudad y, tras varios días y noches de deliberación, creyeron que la causa de su empobrecimiento se hallaba en la creciente solicitud de mercancías norteñas con las que no comerciaban, y que por ello, sus negocios no les proporcionaban las ganancias de antaño. Estando todos de acuerdo a este respecto, comenzaron entonces los comerciantes a proponer diferentes medidas a tomar, de entre las cuales cobró mayor peso la propuesta de Samarcanda, el hijo menor de la familia del este:
—Debemos partir hacia septentrión y, de esta forma, uniendo momentáneamente nuestras fuerzas, nos haremos con el control de esta nueva ruta comercial.
—Sí, estoy de acuerdo en que unamos nuestras fuerzas —reafirmó el primogénito de la familia del sur—, pero no creo que debamos partir hacia el norte, sino hacia más allá de mis tierras.
—¿Hacia el sur? —se extrañaron el resto de los comerciantes—. Si no hay más que desierto.
—Eso es lo que yo también creía —indicó el primogénito de la familia del sur—. Pero lo cierto es que hoy, para nuestra fortuna, me he topado con un buen amigo de juventud. Resultó que había comprado estas nuevas mercancías cuando nadie las valoraba y al venderlas ahora que tanto se codician, se está haciendo muy rico. Yo me alegré mucho por él, pero pronto cambió mi expresión cuando se interesó por mi situación. ¡Cuál sería mi alegría cuando me aseguró que no había nada perdido! Los recursos del norte se están agotando y una caravana de exploración ha partido hace una semana hacia el sur, donde, según le confiaron, se sabía de ricas tierras aún sin explotar. Así pues, creo que deberíamos partir hacia el mediodía, y entre todos hacernos con el control de esa ruta antes de que sea demasiado tarde.
Dando su visto bueno, las tres familias de comerciantes convinieron así unirse para desbancar a los nuevos y enriquecidos mercaderes. A la mañana siguiente, una numerosa comitiva se preparó para adentrarse en el desierto.
A partir de entonces y a lo largo de muchas semanas a través de las dunas, soportó la caravana el extremo sopor de los días y las frígidas heladas de las noches, refrescados y calentadas por esa ilusión, esa esperanza en la salvación que les aguardaba tras las danzantes arenas. Pero lo que no podían saber es que lo único que estaban haciendo era acercarse a un peligro inhumano, ancestral y desatado que codiciaba víctimas mortales.
En medio de este desierto existía una ciudad olvidada llamada Amuriel, nombre cuya traducción sería ‘Las tres mil hijas del cielo’. En ella, cualquier habitante que hubiera sobrevivido, habría mantenido también en su recuerdo una antigua leyenda, una tradición nacida de un tiempo inmemorial en el que la historia hacía poco separaba al hombre de su pasado. Si hubiera resistido alguno el inmundo aliento del pecado primigenio, podría contar cómo un mago de la antigüedad se hizo tan poderoso, que se creyó más potente que el mismo Dios, y decidió destronarle enfrentándose a Él y a sus ángeles. Para este fin, se propuso liberar de su encierro a las legiones de los genios más poderosos, Efrits y Marids, quienes sembrarían la muerte y la confusión en los cielos mientras él daba muerte al Creador.
De este modo, invocó unas palabras sagradas para los malditos, y desató un terrible mal que no pudo controlar. Su convocador fue la primera víctima, pero después vendrían muchas más. Todo aquél que intentaba atravesar el desierto, en el que un demoníaco ser había sido devuelto a la vida terrenal, sucumbía a su encuentro. Sin embargo, todos aquellos que perdían sus vidas al adentrarse en él, deseaban encontrarse con el mal que allí moraba. Nadie quedó para dar a conocer esta terrible historia...(¿Quieres saber cómo termina el cuento «La cueva en el desierto»? Continúa en la colección de cuentos Leyendas de Arabia).

La muerte de los dioses


Cierto día, estando reunidos todos los dioses en los cielos, los principales entre ellos hablaban de un ser creado por los primigenios, muertos hace mucho tiempo. Los más antiguos entre los dioses se mostraban recelosos ante este ser, llamado hombre, no por su situación presente, sino por su futuro. Pero los dioses jóvenes, en mayor número, lo desestimaban.
—Todo lo que es inferior a nosotros en el momento de la creación jamás podrá igualarnos —intervino Ierós, el cabecilla de los dioses jóvenes, ante el resto de los moradores de los cielos—, pues, ¿acaso una hormiga puede hacerse con el control de una manada de leones?
—Es propio que el hijo se haga con la posición de su padre y que, incluso, tenga más poder que este mismo —le respondió uno de los ancianos—. Esto nos sucedió a nosotros y antes que a nosotros a nuestros progenitores. Es la ley de la vida, un continuo perfeccionamiento que pasa de unas manos a otras.
—Así es, pero es una sucesión consanguínea. A nadie le sucede su animal de compañía. —Los jóvenes no pudieron reprimir sus carcajadas—. ¡Somos dioses, por nosotros!
Mucho más se habló en los cielos en torno a esto, pero finalmente acabó la discusión, los jóvenes entendiendo que la habían ganado y los ancianos pensando que quizás ésta era su oportunidad para librarse de aquellos que podrían derrocarles. Usarían al hombre para deshacerse de sus competidores.
Firmes en este propósito, abandonaron las alturas y se dirigieron a la Tierra, donde moraban los hombres. Allí preguntaron a alguno de estos seres acerca de las cualidades más sublimes que poseían y cuál era la esencia de sus almas. La respuesta de los mismos confirmó sus sospechas. Al cielo volvieron despreocupados y saboreando la dulzura de la victoria.
Con la treta bien planificada, al día siguiente todos los dioses se volvieron a reunir, y uno de los ancianos se dirigió a los jóvenes.
—Quizás pensáis que ayer, con nuestro silencio, vencisteis en la disputa...
—Y me temo que si sigues por el mismo camino, hoy sucederá otro tanto de lo mismo —le interrumpió Ierós. El resto de los jóvenes rió la gracia.
El anciano guardó la compostura pero calló ante la risotada, lo que dio lugar a un nuevo carcajeo.
—Sólo se me ocurre una manera de solucionar esta situación —habló el mismo anciano una vez que cesó el bullicio—. Probemos al hombre para averiguar si es un peligro para nosotros o no. De este modo sabremos quién lleva la razón acerca de este asunto.
—Está bien. ¿Y qué propones?
—Simplemente que pongáis a prueba su ingenio. Veremos si puede burlaros e ir más allá del que poseéis. Para vosotros, eso es imposible, ¿no?
—Por supuesto.
—Entonces deberéis someterlo; si lo conseguís nosotros perderemos y reconoceremos vuestra superioridad. Pero en caso contrario, juraréis que jamás atentaréis contra nuestra soberanía.
—Me parece bien, aunque, sinceramente, el confiar vuestro futuro en unos limitados monos ya es un claro signo de debilidad.
—Eso no importa. ¿Así queda pactado?
—Vosotros sabréis —le respondió Ierós, terminando con una sonrisa a medio camino entre la burla y la lástima.
—Una última cosa —añadió el anciano—. Ha de ser en menos de cincuenta mil años, y el hombre ha de ser consciente de lo que se le propone. Una vez que alguna de las partes deje en evidencia a la otra, habrá terminado.
—Será mañana —le respondió Ierós con arrogancia.
Y entonces fueron los ancianos quienes mostraron una sarcástica sonrisa.
—Claro, ¿cómo no?
De este modo fue designado para la prueba Ierós, considerado el más astuto entre los dioses jóvenes. Éste se propuso someter al hombre prometiéndole que tras la muerte le concedería la eternidad, la felicidad y el conocimiento de los dioses. Por el contrario, si se negaba, le condenaría al perpetuo sufrimiento, sin posible salvación.
Los dioses jóvenes se desconcertaron ante tal proposición.
—Seguramente los hombres aceptarán la medida —afirmó uno de los dioses jóvenes—, y nosotros nos haremos con los tronos, pero debe haber otra alternativa. Ésta no sólo es desproporcionada, sino también arriesgada. En un futuro podrían unirse y acabar con todos nosotros.
Ierós sonrió.
—Nunca he tenido la más mínima intención de cumplir con el pacto.
—Y el hombre se rebelará.
—Nunca lo sabrá —afirmó Ierós con soberbia—. Recuerda que es un premio para los muertos...(¿Quieres saber cómo termina el cuento «La muerte de los dioses»? Continúa en la colección de cuentos Leyendas de Arabia).

La última batalla



En un tiempo más lejano que la memoria, existió un guerrero muy temido y poderoso llamado Einric. Muchas fueron las batallas en las que luchó, y a las que sobrevivió, aun siendo muy numerosas sus heridas.
Sin embargo, uno de sus enemigos aprovechó la guerra que Einric mantenía con un reino vecino para rodear y arrasar la ciudad natal del guerrero. Toda su familia y sus amigos fueron asesinados.
A su regreso, Einric sólo pudo ver las cenizas que siempre conducen hacia el mismo lugar, donde las almas se convierten en polvo al probar el veneno de la tierra.
Partió con los pocos compañeros que le quedaban en busca de venganza. Se entabló una batalla, se enfrentó a su enemigo y le dio muerte. Pero, entre el danzar de las armas, vio cómo caían a su lado las últimas vidas que amaba. En ese momento, una flecha le atravesó y cayó de rodillas, postrado en el suelo. Intentó levantarse apoyándose en su espada, pues había sufrido heridas mucho peores, y ésta no podía darle muerte.
No obstante, en ese momento pensó que nadie le esperaba, y se quedó sin fuerzas para continuar. Un soldado enemigo se acercó y él, que en otro tiempo se hubiera incorporado, permaneció inmóvil, aguardando la muerte...(¿Quieres saber cómo termina el cuento «La última batalla»? Continúa en la colección de cuentos Leyendas de Arabia).