La isla secreta

Los nubitas y otros cuentos es la quinta colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto.

La colección consta de 7 cuentos maravillosos: «Los nubitas», «La gatita Linda», «El rey de los ogros», «El duende padrino», «La isla secreta», «Robertinho» y «El tren Tilín».

«La isla secreta» no aparece en ningún mapa porque nunca está en el mismo lugar.

El buque escuela Orión surcaba el océano, con calma, acompañado por una suave brisa de alta mar. A media tarde, el capitán había dado orden de recoger las velas y apagar los motores; era treinta y uno de diciembre y, todos en el barco, estaban haciendo preparativos para celebrar la Nochevieja.
Los profesores, siguiendo instrucciones del contramaestre, ultimaban los detalles en la cubierta principal para garantizar la seguridad. Los alumnos, dieciséis niños y niñas de entre ocho y once años, decoraban el salón comedor y traían de la cocina cubiertos, vasos, bebidas y comidas, contentos y alegres por la festividad, el cielo despejado y la agradable temperatura propia de aquellas latitudes.
La previsión meteorológica era que se mantendrían esas mismas condiciones durante varias jornadas, por lo que la única preocupación a bordo era disfrutar de la fiesta, como así hicieron antes, durante y después de la cena, hasta que el reloj dio la primera de las campanadas de medianoche.
Entonces, de súbito, el navío fue sacudido con fuerza. Las uvas rodaron fuera de las copas antes de que cayeran al suelo, al igual que los tripulantes.
Sin entender lo que estaba ocurriendo, sonó la segunda campanada y, con ella, aulló el viento. Con la tercera, crujió el casco. Tres segundos pueden ser mucho tiempo, más en el mar, donde no hay escapatoria posible; reaccionar pronto marca la diferencia entre la vida y la muerte. Sabiéndolo, el capitán, aunque estaba tan desconcertado como el resto, dio instrucciones de inmediato:
—¡Rápido! —gritó—. ¡A cubierta! ¡Vosotros —dijo a los estudiantes—, permaneced aquí! ¡Y cerrad las escotillas!
—Quedas a cargo —le dijo uno de los maestros a la mayor mientras sonaba la séptima.
Hubiera querido proponer que alguno de los profesores o el cocinero se quedara en el comedor, pero el buque oscilaba ya de un lado a otro, como suele hacerlo al hallarse en medio de una tormenta, y supo que ninguno de ellos se detendría a escucharla; se dirigían arriba precipitadamente.
Los niños estaban paralizados, ella también; no porque no hubieran vivido ya situaciones parecidas, sino porque esta nadie la había previsto. La meteorología no es una ciencia exacta, pero tampoco suele equivocarse tanto... Aquello no podía estar pasando.
—Ana... —la sacó de sus pensamientos Mark, el más pequeño.
Fuera como fuera, en tales circunstancias, nunca se debe dudar o, lo más probable, es que cunda el pánico y se produzca el desastre. Eso le habían enseñado, así que respondió con toda la firmeza y seguridad que pudo reunir. No podía sospechar cuánto de ambas le harían falta a partir de aquel momento.
—Ya habéis oído. ¡Asegurad las escotillas! Luego, ¡id a los camarotes y poneos los salvavidas!
Y así, el temor se disipó momentáneamente, pues la acción siempre vence al miedo. Pero una vez hubieron hecho esto y se juntaron de nuevo...
—¡Está entrando agua! —señaló uno de los niños.
La furia de la ventisca, la lluvia y las olas se había ido incrementando hasta un punto desconocido, y el barco vibraba sacudido por ellas además de por los rayos que caían, demasiado cerca.
—¿Qué hacemos? —le preguntaron.
Pero, aunque Ana hubiera sabido qué contestar, no pudo hacerlo; el salón quebró y se inundó tan rápido, y con tal violencia, que el único margen que tuvo fue para intentar protegerse del impacto contra una de las paredes. Lo intentó, pero no lo consiguió. Perdió el conocimiento.
Eso era lo último de lo que se acordaba, tras abrir los ojos y comprobar que era de día. Estaba varada en una playa y, en apariencia, no había nadie más allí. Sintió tristeza y temor, profundos por igual, al pensar que podía ser la única superviviente. Sin embargo, quedaron relegados por la alegría al escuchar que la llamaban por su nombre. Eran Mark, Antoine y Laura; corrían hacia ella mientras se incorporaba... (¿Quieres saber cómo termina el cuento «La isla secreta»? Encontrarás el final en la colección de cuentos Los nubitas y otros cuentos).

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