Los nubitas

Los nubitas y otros cuentos es la quinta colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto.

La colección consta de 7 cuentos maravillosos: «Los nubitas», «La gatita Linda», «El rey de los ogros», «El duende padrino», «La isla secreta», «Robertinho» y «El tren Tilín».

«Los nubitas» viven en los nubes, allí donde siempre brilla el sol.

Aunque nadie lo sabe, en lo más alto de las nubes, allí donde eternamente brilla el sol, viven unos seres diminutos llamados nubitas. Son muy juguetones y cambian continuamente de apariencia, incluso a veces de tamaño, aunque siempre mantienen su color blanco, sus dos ojos azules como gotas de agua pura y dulce, y su textura de algodón, suave y esponjosa.
Su entretenimiento favorito es dar forma a las nubes y, por eso, quienes miran para ellas casi siempre ven figuras, unas veces extrañas, otras familiares. Y es que a los nubitas les encanta esculpir en el cielo aquello que les llama la atención, y eso puede ser un submarino, un barco o un avión, pero también otras muchas cosas que ellos ven y nosotros no.
Cuando se hacen mayores, se vuelven cautelosos, pues saben que deben estar atentos para cambiar de nubes; si ellas desaparecen, ellos también, así que están constantemente moviéndose de un lado a otro, viajando sobre las montañas blancas del cielo. Pero al igual que sucede en el mundo, los más pequeños nubitas acostumbran ser traviesos y despistados, propensos a correr más aventuras y peligros de los necesarios. Así ha sido siempre.
Y siempre ha habido también unos que lo son más que otros, pero ninguno tanto como Tifoncillo. Quien haya visto la figura de una nube deshacerse en un momento, de seguro habrá contemplado alguna de sus travesuras. ¡Era como si un torbellino y un vendaval fueran juntos de la mano a dar un paseo! ¡Había que andar con mil ojos cuando estaba cerca!
Pero también en ocasiones ocurre que, por muchos que sean los que estén vigilando, algo pasa inadvertido. Así sucedió aquel día, en el que las nubes sobre las que estaban, fueron sacudidas de repente por un viento muy cálido, mucho más de lo habitual, y empezaron a desvanecerse demasiado rápido. Tifoncillo, como era costumbre en él, no hizo caso de las llamadas de su madre nubita.
«Si voy, no me va a dejar seguir jugando», pensó. Y se alejó más aún. Cuando se dio cuenta de lo que sucedía en realidad, gran parte de la nube había desaparecido ya; solo quedaba una pequeña isla blanca en medio del cielo azul.
Normalmente, su mamá siempre estaba cerca cuando la necesitaba, pero ahora no. De inmediato, Tifoncillo comprendió que el cielo era algo más que un lugar de recreo. Por primera vez, supo que estaba en peligro. Por primera vez, tuvo miedo.
Se echó a llorar al tiempo que la nube desaparecía del todo, y cayó y cayó, desde tanta altura que los bosques parecían briznas de hierba, las montañas piedrecillas y las ciudades granos de arena. Y mientras gritaba el nombre de su madre, esperando que viniera a rescatarlo, el mismo viento que había deshecho la nube, lo alejaba cada vez más de ella, de sus amigos y de los nubitas. Y aquello que había visto siempre desde las alturas, estaba cada vez más y más cerca.
Los bosques ya eran bosques; las montañas, montañas; y las ciudades, ciudades, cuando Tifoncillo supo lo que iba a pasar. Cerró los ojos, gritó por última vez el nombre de su mamá y, de repente, en un instante, todo fue silencio y oscuridad.
Justo en ese momento, una niña que iba camino de casa tras salir del colegio, dobló la esquina de la calle y se encontró con él, en medio de la acera. Nada más verlo, se sorprendió. ¿Qué era aquello? Aparentaba ser una gran bola de nieve, aunque mucho más pomposa, como si fuera un ovillo de algodón. Pero parecía que tenía ojos y… ¿respiraba? Se aproximó un poco más a él. Sin embargo, a pesar de su curiosidad, seguía siendo algo muy extraño, así que mantuvo la distancia, lo justo para comprobar si estaba en lo cierto.
—¡Sí que respira! —exclamó Luciana, pues así se llamaba la niña.
Y en esto, Tifoncillo abrió los ojos, con lentitud, como si se despertara de un sueño; pero al ver a la niña junto a él, se llevó tal impresión que sus ojos se volvieron tan grandes como los de una lechuza. Ninguno de los dos se atrevió a moverse. Estaban totalmente paralizados mientras se observaban fijamente el uno al otro. Ambos se preguntaban exactamente lo mismo: «¿Qué eres tú?»... (¿Quieres saber cómo termina el cuento «Los nubitas»? Encontrarás el final en la colección de cuentos Los nubitas y otros cuentos).

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