Hay seres que viven en los nubes, allí donde siempre brilla el sol; ogros que aprendieron a camuflar su verdadera forma para ocultar sus maldades; duendes padrinos, al igual que hadas madrinas; una isla secreta y mágica, que nunca está en el mismo lugar; seres antiguos que caminan por la Tierra; y trenes que llevan a sus pasajeros a donde realmente quieren ir. Porque la magia y la fantasía, diga lo que se diga, sigue perviviendo aún en nuestros días.

Título: Los nubitas y otros cuentos
Autor: Miguel Ángel Villar Pinto
Portada: Pinturero
2ª edición: Independently published, 2019
1ª edición: Independently published, 2018
Traducciones: Inglés (The Cloudlings and Other Tales)
Edad recomendada: +4 años
Género: Cuentos
ISBN-13: 978-1790975211
Comparado por sus cuentos con maestros del género como Andersen o los hermanos Grimm, Los nubitas y otros cuentos es la quinta colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto. Incluye siete cuentos maravillosos: «Los nubitas», «La gatita Linda», «El rey de los ogros», «El duende padrino», «La isla secreta», «Robertinho» y «El tren Tilín».

¡Bestseller internacional!


Los nubitas

Los nubitas y otros cuentos es la quinta colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto.

La colección consta de 7 cuentos maravillosos: «Los nubitas», «La gatita Linda», «El rey de los ogros», «El duende padrino», «La isla secreta», «Robertinho» y «El tren Tilín».

«Los nubitas» viven en los nubes, allí donde siempre brilla el sol.

Aunque nadie lo sabe, en lo más alto de las nubes, allí donde eternamente brilla el sol, viven unos seres diminutos llamados nubitas. Son muy juguetones y cambian continuamente de apariencia, incluso a veces de tamaño, aunque siempre mantienen su color blanco, sus dos ojos azules como gotas de agua pura y dulce, y su textura de algodón, suave y esponjosa.
Su entretenimiento favorito es dar forma a las nubes y, por eso, quienes miran para ellas casi siempre ven figuras, unas veces extrañas, otras familiares. Y es que a los nubitas les encanta esculpir en el cielo aquello que les llama la atención, y eso puede ser un submarino, un barco o un avión, pero también otras muchas cosas que ellos ven y nosotros no.
Cuando se hacen mayores, se vuelven cautelosos, pues saben que deben estar atentos para cambiar de nubes; si ellas desaparecen, ellos también, así que están constantemente moviéndose de un lado a otro, viajando sobre las montañas blancas del cielo. Pero al igual que sucede en el mundo, los más pequeños nubitas acostumbran ser traviesos y despistados, propensos a correr más aventuras y peligros de los necesarios. Así ha sido siempre.
Y siempre ha habido también unos que lo son más que otros, pero ninguno tanto como Tifoncillo. Quien haya visto la figura de una nube deshacerse en un momento, de seguro habrá contemplado alguna de sus travesuras. ¡Era como si un torbellino y un vendaval fueran juntos de la mano a dar un paseo! ¡Había que andar con mil ojos cuando estaba cerca!
Pero también en ocasiones ocurre que, por muchos que sean los que estén vigilando, algo pasa inadvertido. Así sucedió aquel día, en el que las nubes sobre las que estaban, fueron sacudidas de repente por un viento muy cálido, mucho más de lo habitual, y empezaron a desvanecerse demasiado rápido. Tifoncillo, como era costumbre en él, no hizo caso de las llamadas de su madre nubita.
«Si voy, no me va a dejar seguir jugando», pensó. Y se alejó más aún. Cuando se dio cuenta de lo que sucedía en realidad, gran parte de la nube había desaparecido ya; solo quedaba una pequeña isla blanca en medio del cielo azul.
Normalmente, su mamá siempre estaba cerca cuando la necesitaba, pero ahora no. De inmediato, Tifoncillo comprendió que el cielo era algo más que un lugar de recreo. Por primera vez, supo que estaba en peligro. Por primera vez, tuvo miedo.
Se echó a llorar al tiempo que la nube desaparecía del todo, y cayó y cayó, desde tanta altura que los bosques parecían briznas de hierba, las montañas piedrecillas y las ciudades granos de arena. Y mientras gritaba el nombre de su madre, esperando que viniera a rescatarlo, el mismo viento que había deshecho la nube, lo alejaba cada vez más de ella, de sus amigos y de los nubitas. Y aquello que había visto siempre desde las alturas, estaba cada vez más y más cerca.
Los bosques ya eran bosques; las montañas, montañas; y las ciudades, ciudades, cuando Tifoncillo supo lo que iba a pasar. Cerró los ojos, gritó por última vez el nombre de su mamá y, de repente, en un instante, todo fue silencio y oscuridad.
Justo en ese momento, una niña que iba camino de casa tras salir del colegio, dobló la esquina de la calle y se encontró con él, en medio de la acera. Nada más verlo, se sorprendió. ¿Qué era aquello? Aparentaba ser una gran bola de nieve, aunque mucho más pomposa, como si fuera un ovillo de algodón. Pero parecía que tenía ojos y… ¿respiraba? Se aproximó un poco más a él. Sin embargo, a pesar de su curiosidad, seguía siendo algo muy extraño, así que mantuvo la distancia, lo justo para comprobar si estaba en lo cierto.
—¡Sí que respira! —exclamó Luciana, pues así se llamaba la niña.
Y en esto, Tifoncillo abrió los ojos, con lentitud, como si se despertara de un sueño; pero al ver a la niña junto a él, se llevó tal impresión que sus ojos se volvieron tan grandes como los de una lechuza. Ninguno de los dos se atrevió a moverse. Estaban totalmente paralizados mientras se observaban fijamente el uno al otro. Ambos se preguntaban exactamente lo mismo: «¿Qué eres tú?»... (¿Quieres saber cómo termina el cuento «Los nubitas»? Encontrarás el final en la colección de cuentos Los nubitas y otros cuentos).

La gatita Linda

Los nubitas y otros cuentos es la quinta colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto.

La colección consta de 7 cuentos maravillosos: «Los nubitas», «La gatita Linda», «El rey de los ogros», «El duende padrino», «La isla secreta», «Robertinho» y «El tren Tilín».

«La gatita Linda» conseguirá el amor y la plenitud, aunque no como parecía que sería al principio.

Cuando la gatita Linda nació, todos coincidieron en que era la más bonita de la camada. Tenía un precioso y fino pelo aterciopelado, una mirada tierna y encantadora, y se movía con unos pasos mimosos que despertaban una gran sonrisa en aquellos que la contemplaban.
Creció entre grandes cariños, simpatías y afectos, acostumbrándose muy pronto a ellos, pues los consideraba una respuesta natural a su belleza, como así era, efectivamente. Parecía que nadie fuera capaz de negarle nada. Todos la tenían en alta estima y la obsequiaban con detalles para agradarla.
Y así creció la gatita Linda, creyendo que cualquier cosa que quisiera la podría conseguir. Razones para pensar lo contrario no tenía.
Contaba con muchas amigas y otros tantos admiradores; a medida que se iba haciendo mayor, iba descubriendo que su figura esbelta y agraciada le resultaba muy atractiva a estos últimos y, desde entonces, se preocupó por estar siempre lo más guapa posible, no tanto con la intención de conquistar a alguno, sino más bien con la de permanecer en el centro de atención. Sus amigas la envidaban por ello, y los gatitos la halagaban con palabras, sonrisas o miradas. Esto era, sin duda, lo que más le gustaba, y quería que nunca cambiara.
Se volvió entonces muy coqueta, y empezó a considerar su propiedad más valiosa a su armario, pues este le permitía escoger la ropa que más la favorecía según el día, el mes y la estación del año... (¿Quieres saber cómo termina el cuento «La gatita Linda»? Encontrarás el final en la colección de cuentos Los nubitas y otros cuentos).

El rey de los ogros

Los nubitas y otros cuentos es la quinta colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto.

La colección consta de 7 cuentos maravillosos: «Los nubitas», «La gatita Linda», «El rey de los ogros», «El duende padrino», «La isla secreta», «Robertinho» y «El tren Tilín».

«El rey de los ogros» aprendió a camuflar su verdadera forma para ocultar sus maldades.

Hace tiempo que los seres malvados aprendieron a camuflarse para no ser encontrados, y a adoptar distintas formas para no ser nombrados.
Es por eso por lo que, hoy día, muchos ogros viven entre nosotros sin que lo sepamos. Ya no sirven las advertencias de antaño, por las cuales los malos eran feos y los buenos guapos, o que unos vivían en cuevas y los otros en palacios. Tal vez ya no sirven ahora, ni sirvieron nunca tampoco: los seres bondadosos han sabido siempre que las apariencias engañan, y que los más grandes peligros son, en realidad, los inesperados.
Y así es como, el rey de los ogros, el de más ruin y oscuro corazón, se hacía pasar por un joven rico y encantador. Vivía a las afueras de la ciudad, en una espléndida mansión, con todo lujo de comodidades.
Hacía una vida aparentemente normal, trataba a las personas con amabilidad, y cortejaba a las mujeres con una habilidad sin igual. En verdad, si alguien lo preguntara, nadie diría que no era una buena persona. De hecho, incluso alguna podría decir que era un «príncipe azul».
Sin embargo, de puertas adentro, el rey de los ogros recuperaba su auténtica forma y esencia... (¿Quieres saber cómo termina el cuento «El rey de los ogros»? Encontrarás el final en la colección de cuentos Los nubitas y otros cuentos).

El duende padrino

Los nubitas y otros cuentos es la quinta colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto.

La colección consta de 7 cuentos maravillosos: «Los nubitas», «La gatita Linda», «El rey de los ogros», «El duende padrino», «La isla secreta», «Robertinho» y «El tren Tilín».

«El duende padrino» ayudará a un niño a cumplir sus sueños.

Hace no mucho tiempo sino muy poco, todos los seres mágicos se reunieron en un lugar apartado, en una isla encantada que ellos llaman Brandán. Los hombres habían dejado de creer en ellos, y algunos lo consideraban una suerte:
—Al fin viviremos tranquilos —decían.
Sin embargo, había otros, desde siempre unidos a los niños, que tenían una opinión muy distinta, en especial las hadas madrinas y los duendes padrinos.
—Aún nos siguen necesitando —dijeron ellas.
—Su mundo será más sombrío sin nosotros —señalaron ellos.
Pero, salvo estas excepciones, lo cierto es que, la mayoría, preferían alejarse y así iban a hacerlo.
—Lo mismo que sucedía antes —comentó un elemental de tierra—, sigue sucediendo ahora. Los humanos no aprenden, no cambian, siguen cometiendo los mismos errores. Ayudarlos no da resultado. Es mejor aceptarlo.
Casi todos coincidían con sus palabras, así que se fueron marchando hasta que solo quedaron unos pocos. La alegría por el reencuentro se tornó en tristeza ante la soledad; pero, como la magia de las hadas y los duendes se vuelve más poderosa cuanto mayor es el desánimo, pronto se vio incrementada. Supieron entonces que iban a ser capaces de hacer cosas mucho más increíbles y extraordinarias que nunca antes.
Y así debía ser, pues el mundo había cambiado, quizá no su esencia, tal como había indicado el elemental, pero sí su forma: las personas no vivían ya en bosques, sino en ciudades; ni en castillos de piedra ni casas de madera, sino en edificios de acero y hormigón; tampoco viajaban en caballos y carretas, sino en vehículos a motor; y, lo que es más importante, apenas se entretenían de la misma manera o se preocupaban por las cuestiones de antaño.
De esto, eran muy conscientes quienes se quedaron. También de que, aparecer ante una persona de esta época, podría traerle no pocos problemas, así que decidieron hacerlo de manera que resultara lo más sencillo posible para cumplir su cometido.
Y fue así como, Priscob, un duende padrino, se transformó en un teléfono y acabó en las manos de Marco, aunque él creyera que se trataba tan solo de un móvil, de última generación, eso sí... (¿Quieres saber cómo termina el cuento «El duende padrino»? Encontrarás el final en la colección de cuentos Los nubitas y otros cuentos).

La isla secreta

Los nubitas y otros cuentos es la quinta colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto.

La colección consta de 7 cuentos maravillosos: «Los nubitas», «La gatita Linda», «El rey de los ogros», «El duende padrino», «La isla secreta», «Robertinho» y «El tren Tilín».

«La isla secreta» no aparece en ningún mapa porque nunca está en el mismo lugar.

El buque escuela Orión surcaba el océano, con calma, acompañado por una suave brisa de alta mar. A media tarde, el capitán había dado orden de recoger las velas y apagar los motores; era treinta y uno de diciembre y, todos en el barco, estaban haciendo preparativos para celebrar la Nochevieja.
Los profesores, siguiendo instrucciones del contramaestre, ultimaban los detalles en la cubierta principal para garantizar la seguridad. Los alumnos, dieciséis niños y niñas de entre ocho y once años, decoraban el salón comedor y traían de la cocina cubiertos, vasos, bebidas y comidas, contentos y alegres por la festividad, el cielo despejado y la agradable temperatura propia de aquellas latitudes.
La previsión meteorológica era que se mantendrían esas mismas condiciones durante varias jornadas, por lo que la única preocupación a bordo era disfrutar de la fiesta, como así hicieron antes, durante y después de la cena, hasta que el reloj dio la primera de las campanadas de medianoche.
Entonces, de súbito, el navío fue sacudido con fuerza. Las uvas rodaron fuera de las copas antes de que cayeran al suelo, al igual que los tripulantes.
Sin entender lo que estaba ocurriendo, sonó la segunda campanada y, con ella, aulló el viento. Con la tercera, crujió el casco. Tres segundos pueden ser mucho tiempo, más en el mar, donde no hay escapatoria posible; reaccionar pronto marca la diferencia entre la vida y la muerte. Sabiéndolo, el capitán, aunque estaba tan desconcertado como el resto, dio instrucciones de inmediato:
—¡Rápido! —gritó—. ¡A cubierta! ¡Vosotros —dijo a los estudiantes—, permaneced aquí! ¡Y cerrad las escotillas!
—Quedas a cargo —le dijo uno de los maestros a la mayor mientras sonaba la séptima.
Hubiera querido proponer que alguno de los profesores o el cocinero se quedara en el comedor, pero el buque oscilaba ya de un lado a otro, como suele hacerlo al hallarse en medio de una tormenta, y supo que ninguno de ellos se detendría a escucharla; se dirigían arriba precipitadamente.
Los niños estaban paralizados, ella también; no porque no hubieran vivido ya situaciones parecidas, sino porque esta nadie la había previsto. La meteorología no es una ciencia exacta, pero tampoco suele equivocarse tanto... Aquello no podía estar pasando.
—Ana... —la sacó de sus pensamientos Mark, el más pequeño.
Fuera como fuera, en tales circunstancias, nunca se debe dudar o, lo más probable, es que cunda el pánico y se produzca el desastre. Eso le habían enseñado, así que respondió con toda la firmeza y seguridad que pudo reunir. No podía sospechar cuánto de ambas le harían falta a partir de aquel momento.
—Ya habéis oído. ¡Asegurad las escotillas! Luego, ¡id a los camarotes y poneos los salvavidas!
Y así, el temor se disipó momentáneamente, pues la acción siempre vence al miedo. Pero una vez hubieron hecho esto y se juntaron de nuevo...
—¡Está entrando agua! —señaló uno de los niños.
La furia de la ventisca, la lluvia y las olas se había ido incrementando hasta un punto desconocido, y el barco vibraba sacudido por ellas además de por los rayos que caían, demasiado cerca.
—¿Qué hacemos? —le preguntaron.
Pero, aunque Ana hubiera sabido qué contestar, no pudo hacerlo; el salón quebró y se inundó tan rápido, y con tal violencia, que el único margen que tuvo fue para intentar protegerse del impacto contra una de las paredes. Lo intentó, pero no lo consiguió. Perdió el conocimiento.
Eso era lo último de lo que se acordaba, tras abrir los ojos y comprobar que era de día. Estaba varada en una playa y, en apariencia, no había nadie más allí. Sintió tristeza y temor, profundos por igual, al pensar que podía ser la única superviviente. Sin embargo, quedaron relegados por la alegría al escuchar que la llamaban por su nombre. Eran Mark, Antoine y Laura; corrían hacia ella mientras se incorporaba... (¿Quieres saber cómo termina el cuento «La isla secreta»? Encontrarás el final en la colección de cuentos Los nubitas y otros cuentos).

Robertinho

Los nubitas y otros cuentos es la quinta colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto.

La colección consta de 7 cuentos maravillosos: «Los nubitas», «La gatita Linda», «El rey de los ogros», «El duende padrino», «La isla secreta», «Robertinho» y «El tren Tilín».

En «Robertinho», un ser antiguo vino a la Tierra para convertirse en el mejor futbolista del mundo.

Seres antiguos caminan por la Tierra. A lo largo de la historia, algunos adoptaron forma humana con diversos motivos; las leyendas, mitos y cuentos de todas las culturas hablan de ellos.
Sin embargo, hay otros menos conocidos para nosotros, unos que incluso decidieron olvidar quiénes son o quiénes eran para tener una vida mortal plena. Pueden hacerlo por muy diferentes propósitos, pero en todos los casos, es porque aquí existe la posibilidad de experimentar todo lo bueno y todo lo malo, como cualquier otro humano.
Les encantan los retos y, por eso, suelen escoger nacer en una familia muy humilde; conseguir logros y éxitos con todo a favor es mucho más fácil que en contra y, además, ellos no buscan el reconocimiento de las personas, sino demostrarse a sí mismos su propia valía. Y eso suele convertirlos, muchas veces, en héroes para los hombres.
Uno de ellos, fue Robertinho. Creció en un país subdesarrollado y, dentro de él, en una ciudad cuya reina era la pobreza, su barrio el más hambriento de todos y, su casa, la más desfavorecida. Pero eso no impidió que, desde pequeño, tuviera un gran sueño y estuviera decidido a realizarlo.
Nunca pudieron sus padres hacerle regalos de los que presumir, apenas podían sustentarse, pero Robertinho tampoco los necesitaba. Lo único que siempre quiso era un balón de fútbol y, convertirse, algún día, en el mejor jugador del mundo. En su tercer cumpleaños, lo tuvo. Nada podía haberlo hecho más feliz.
Con lo chiquito que era, el esférico casi abultaba más que él; pero desde entonces, ya siempre fueron juntos a todas partes. Cierto es que, al principio, le costaba mantenerlo cerca, se separaba, se escurría; sin embargo, tuvo que aprender a controlarlo pronto porque no lo dejaban salir solo de casa, y como allí pasaba la mayor parte del día, tenía que evitar que chocara contra las pocas cosas que en su hogar había.
Y así, logró moverse con él como si fuera una extensión de sí mismo. Aún despacio, todavía con golpecillos leves pero precisos, Robertinho iba con su pelota de un lado a otro, esquivando los obstáculos que encontraba. No se separaba de ella ni un instante, ni siquiera para comer o dormir, manteniéndola bajo sus piernas o a su lado en la cama... (¿Quieres saber cómo termina el cuento «Robertinho»? Encontrarás el final en la colección de cuentos Los nubitas y otros cuentos).

El tren Tilín

Los nubitas y otros cuentos es la quinta colección de cuentos de Miguel Ángel Villar Pinto.

La colección consta de 7 cuentos maravillosos: «Los nubitas», «La gatita Linda», «El rey de los ogros», «El duende padrino», «La isla secreta», «Robertinho» y «El tren Tilín».

«El tren Tilín» lleva a sus pasajeros a donde realmente quieren ir.

Algo que muy pocos saben es que los trenes intentan cumplir con los deseos de los pasajeros, y como la mayoría van con la idea de llegar cuanto antes a su destino, los viajes no suelen tener nada de extraordinario: la gente mira el reloj y los trenes la hora.
Sin embargo, hubo una vez en la que sucedió algo fuera de lo común, y es que la mayoría a bordo eran niños y, seguramente por eso, se convirtió en una gran aventura. Tilín, como se llamaba el tren en el que iban, intuyó pronto que, esta vez, los pasajeros tenían deseos muy diferentes a los habituales; no parecían interesados en la llegada, sino más bien en disfrutar del viaje.
Esto le causó muchas dudas al tren Tilín; jamás antes se había visto en una situación parecida y no estaba seguro de cómo actuar. Pero... nada más salir de la estación y adentrarse en un túnel, lo supo:
—¡Es de noche! —dijo un niño.
Y todos cerraron los ojos.
—¡Es de día! —dijo otro al salir.
Y los abrieron entre risas y aplausos.
«Quieren divertirse», pensó el tren Tilín. Pero no teniendo ninguna referencia previa de cómo hacerlo, decidió consultar el manual del ferrocarril. Le llevó un buen rato encontrar lo que buscaba; estaba en letra pequeña, sin apartado específico.
—¡Aquí está! —se dijo—. ¡Ajá! Así que esas vías son para eso...
Mientras escuchaba a los niños llamarse unos a otros al admirar el paisaje, el tren Tilín miró hacia adelante. El camino se bifurcaba. Sintió una extraña y seductora sensación al saber que, en esta ocasión, no tomaría la misma dirección de costumbre, sino aquella otra en la que, en medio de los raíles, había crecido la vegetación. Era evidente que nadie había pasado por allí en mucho tiempo. Tilín sería el primero en hacerlo de cuantos trenes conocía.
—¡Vamos allá! —exclamó.
Y tomó la curva a tal velocidad que, una parte lateral del tren, se levantó en el aire. Sin tiempo a que los pasajeros reaccionaran, entraron y salieron rápidamente de un túnel para recorrer, por la superficie de las aguas, un mar luminoso donde peces multicolores nadaban y saltaban a su lado... (¿Quieres saber cómo termina el cuento «El tren Tilín»? Encontrarás el final en la colección de cuentos Los nubitas y otros cuentos).